«Ni Argentina va camino a ser Venezuela, ni todos los opositores son golpistas por rechazar una determinada forma de ejercer el poder y manifestarse»

«Los desafíos son enormes, y es necesario que una parte de la clase dirigente modere sus posiciones»

Pablo Lozada Castro, Licenciado en Ciencia Política. Maestría en Administración y Políticas Públicas

La crisis del año 2001 nos legó al kirchnerismo, luego de la transición encabezada por Duhalde con el apoyo de Alfonsín. Crisis de la que los dos principales partidos políticos nacionales salieron altamente fragmentados, con mayor impacto para la UCR que para el PJ – por la elasticidad que siempre caracterizó a este último y su territorialidad. Aunque, fueron esas mismas fuerzas las que lograron encausar la crisis en el marco de las instituciones, lo que representó una prueba de fuego para nuestra democracia si tenemos en cuenta los últimos noventa años de nuestra historia.

En el año 2003 asumió Néstor Kirchner con el desafío de reconstruir la autoridad presidencial, que fue puesta en jaque en el año 2008 durante el gobierno de Cristina Fernández cuando se produjo el conflicto con el campo originado en la resolución 125, que profundizó la llamada grieta a partir de la cual comenzó el proceso de afianzamiento de La Cámpora, agrupación comandada por Máximo Kirchner que terminó de consolidarse luego de la muerte de su padre en el año 2010.

Doce años después daría la impresión que el Presidente Alberto Fernández se encuentra inmerso en un nuevo conflicto con dos viejos conocidos del kirchnerismo, el campo y la clase media urbana, o tal vez se encuentra inmerso en un conflicto de tres, si también contamos al kirchnerismo.

Alberto Fernández asumió la candidatura presidencial por decisión de Cristina Fernández, quién era consciente de su caudal electoral pero también del rechazo que generaba en amplios sectores de la sociedad, y además difícilmente fuera a contar con el beneplácito de los gobernadores del peronismo.

Esa construcción más amplia con Alberto Fernández como candidato permitió incorporar a Sergio Massa dentro del Frente de Todos e imponerse en las elecciones contra Mauricio Macri, quién mantuvo la denominada grieta como estrategia electoral, siendo el primer presidente argentino – estando habilitado para presentarse – en perder su reelección inmediata.

El Presidente Fernández tuvo la oportunidad histórica de comenzar un camino tendiente a terminar con esa grieta. Existieron guiños a distintos sectores de la sociedad – como por ejemplo los que hizo al rememorar al Presidente Alfonsín -, o cuando hizo planteos más cercanos al ideario republicano y al de la socialdemocracia que a los del peronismo tradicional, o cuando destacó la importancia de la iniciativa privada.

Incluso se avanzó en un dialogo institucional con los gobernadores de la oposición y con el Jefe de Gobierno de la Ciudad, que se acentuó en los últimos meses para coordinar acciones en el marco de la lucha contra el Covid 19, mostrando un alto grado de madurez política.

Lamentablemente en las últimas semanas la moderación y la apertura al dialogo que caracterizaron los primeros tiempos de su gestión viraron hacía posiciones mucho más radicalizadas, probablemente producto de las tensiones al interior del gobierno y las distintas visiones que existen dentro del mismo.

Esas tensiones quedaron al desnudo con el intento de intervención y expropiación de la firma Vicentín que se llevó adelante en los últimos días y del que todavía no sabemos cuál será el resultado final luego de las numerosas manifestaciones llevadas adelante en el día de ayer en distintos puntos del país, con epicentro en las Provincias de Córdoba, Santa Fe y en la Ciudad de Buenos Aires donde se realizó una movilización multitudinaria en el obelisco pese a la cuarentena.

El Presidente se encuentra atravesando sus horas más difíciles desde que asumió, tensionado entre sus planteos y los de los sectores más duros del kirchnerismo, con una oposición que asumió desde algunas semanas enfoques menos cooperativos frente a su cambio de actitud, tanto en ámbitos institucionales como el Congreso de la Nación, como frente a la opinión pública, y ante una posible crisis sanitaria producto del aumento de los contagios del Covid 19. Los desafíos a los que se enfrenta el país son enormes y todavía resulta difícil cuantificarlos.

A diferencia de países con mayores niveles de desarrollo, la pandemia encontró a la Argentina en un contexto de suma vulnerabilidad, con una economía estancada desde el 2011, inflación de dos dígitos, y un tercio de su población bajo la línea de pobreza. Con ese escenario de partida nuestro país debe afrontar la que tal vez pueda llegar a ser la crisis más profunda de nuestra historia, la que todavía resulta difícil poder dimensionar porque el mundo que viene va a ser distinto, aunque todavía no sabemos a ciencia cierta qué tanto.

Ante esta situación el Presidente debe pensar muy bien cuáles son los pasos que va a seguir, si va a profundizar el camino de la radicalización  – como eligió hacer el kirchnerismo en el 2008 -, o si resuelve retomar el camino del diálogo y la moderación como aconsejarían los manuales, cerrando así un frente de conflicto con el campo que ya venía reclamando por tener que liquidar sus exportaciones al tipo de cambio oficial (más la aplicación de las retenciones) y comprar insumos al valor del dólar paralelo. Siendo, además, uno de los pocos sectores que genera dólares, los que resultan necesarios para evitar las recurrentes crisis de sector externo que han caracterizado históricamente a la economía de nuestro país.

Aunque no es menos cierto que posiblemente muchas de las manifestaciones que se dieron ayer en los distintos puntos del país no eran estrictamente de apoyo al campo o a la empresa Vicentín, posiblemente fueran de rechazo a una forma de ejercer el poder, o en defensa del derecho a la propiedad privada, o a una forma de vivir que cambió drásticamente con la cuarentena. Eran en gran medida los sectores de clase media urbana que también salieron a la calle a manifestarse en el año 2008.

Resulta imperioso que tanto dentro del oficialismo como de la oposición prime la moderación, teniendo en cuenta que el país se encuentra negociando su deuda, y sobre todo pensando en el día después de la cuarentena, que en algún momento finalizará en todo el país. Porque ese sí que va a ser un escenario de alta complejidad, si pensamos que se estima que posiblemente la mitad de la población del país puede llegar a estar bajo la línea de pobreza, con un fuerte aumento del desempleo asociado al sector PYME pese al auxilio brindado desde el Estado.

Los desafíos son enormes, y es necesario que una parte de la clase dirigente modere sus posiciones.

Ni Argentina va camino a ser Venezuela, difícilmente podría seguir ese camino sin la renta petrolera para financiar “la revolución bolivariana” y con una estructura social de características distintas – y con fuerzas armadas comprometidas con los valores de la democracia -, ni todos los opositores son golpistas por rechazar una determinada forma de ejercer el poder y manifestarse.

Tampoco creo que podamos tener un gobierno de unidad nacional, más allá que las dificultades de lo que va a venir tal vez lo requiriera, porque sería muy difícil conciliar las visiones de un oficialismo que buscará permanecer en el poder y una oposición que tratará de reemplazarlo. A lo que tal vez se pueda llegar a aspirar es a coordinar una agenda de trabajo para lo que sería conveniente que el Presidente busque el apoyo de los gobernadores y dialogue con la oposición.

En definitiva, lo que los tiempos demandan es una mayor moderación.

 

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